8/01/2010

Lady Di siempre estará viva




La familia del príncipe Carlos acumula peripecias nobles e innobles en la Costa del Sol. La princesa Diana fue cazada medio desnuda en el hotel Byblos. Una revista salvó su reputación a golpe de talonario. Su hijo Enrique no tuvo tanta suerte con su cogorza monumental de Marbella


Las fotografías de Lady Di, tomadas por dos reporteros de la agencia Europa Press, adquirieron un precio de mercado que competía con el salario de la ´Quinta del buitre´ al completo. Fuentes cercanas al suceso aseguran que llegaron a tasarse en 1,2 millones de euros, trocados por la revista Hola a cambio de una alianza comercial con la empresa. La operación Diana le salió bastante cara a la Costa del Sol, que todavía se resentía de las consecuencias de la crisis del 93. Fue el inicio de un declive que se prolongó algo más de una década. 





Las fotografías de Lady Di, tomadas por dos reporteros de la agencia Europa Press, adquirieron un precio de mercado que competía con el salario de la ´Quinta del buitre´ al completo. Fuentes cercanas al suceso aseguran que llegaron a tasarse en 1,2 millones de euros, trocados por la revista Hola a cambio de una alianza comercial con la empresa. La operación Diana le salió bastante cara a la Costa del Sol, que todavía se resentía de las consecuencias de la crisis del 93. Fue el inicio de un declive que se prolongó algo más de una década.
AP


El descanso en Mijas

La princesa, habitual de los predios de Sotogrande, había decidido solearse en Mijas. Su fama, agigantada por todo tipo de crónicas y subproductos cinematográficos, le impedía acercarse a la playa. Optó por el Hotel Byblos, que le parecía poco menos que un búnker. Se sentía lo suficientemente protegida como para repantingarse en la hamaca. Era una aparición, un sirena espolvoreada. O casi. Dos fotógrafos la observaban, uno a pie de pista, el otro escondido en el balcón de la primera planta. Diana tenía razones para recelar de la prensa. Pocos semanas antes había sido fotografiada en un gimnasio. Su divorcio andaba a punto de consumarse. El pánico a los tabloides no requería de pesadillas premonitorias en un túnel de Francia. Estaba bien armado y se resumía en conferencias de prensa en las que solicitaba respeto para reingresar en el anonimato. Como si eso fuera tan fácil.

El traspiés con el bañador

Fueron dos teleobjetivos españoles los que captaron su imagen. Lady Di tuvo mala suerte. En el momento en el que mantenía sobre su cuerpo los ojos alunados de las cámaras, le sonó el teléfono móvil. Al incorporarse se le desprendió la parte delantera del bañador. Sus domingas nobiliarias quedaron al aire y los reporteros se frotaron las manos. En su carrete había un tesoro que valía más que una isla del sureste asiático.

De la salvación a la melopea

El revuelo fue de campeonato. Se especuló con ofertas millonarias, con pujas exorbitantes de cabeceras británicas. La compra, sin embargo, estaba alejada de las posibilidades de la prensa inglesa. El asedio a Diana tenía bastante soliviantado al personal de palacio y contaba con antecedentes como la amenaza del Parlamento, que llegó, incluso, a plantearse recortar el presupuesto de los rotativos del país. Eso no quita, sin embargo, que se alzasen candidatos ávidos de llevarse al huerto el top less de la musa de Buckingham. En una mesa de Madrid, sonaron los millones de países como Francia y Australia.

La princesa, de nuevo, fue salvada. Esta vez no por un caballero de torso imperial y un unicornio al galope, sino por la revista Hola, que pagó una millonada para librar a Lady Di del escándalo. Las fotos abandonaron la caja fuerte de Madrid y nunca se supo de ellas. Los reporteros fueron recompensados con encargos para la revista equivalentes al pago.

La familia británica no concluyó con la intermediación de la revista la línea sucesoria de escándalos. El hijo de Diana, el díscolo Enrique, no tuvo tanta fortuna como su madre y quedó en evidencia en la prensa británica. Su pecado fue salir de Sotogrande para pasar una noche en Marbella, en la discoteca de Olivia Valere. Allí agarró una melopea tan grande como la abadía de Westminster (Westminster Abbey), desplegada a todo color en los tabloides. Fue una lección didáctica: las caras reales se descomponen también como la del resto de los veraneantes.
Fuente-elnuevoparquet

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