2/16/2011

Raúl silencia Mestalla

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Él solito, Raúl, se encargó de amargar la noche al valencianismo. En una actuación pletórica, como en sus mejores tiempos , el 7 del Schalke recondujo un partido que el Valencia creía perfectamente encarrilado. Sintiéndose superior el conjunto de Emery, jugando en campo alemán y esperando matar la eliminatoria, Raúl le tumbó todos sus planes. Se interpuso entre la pareja de centrales y la burló por arriba y por abajo, por aquí y por allá. Exhibió todos los trucos que han acompañado su carrera hasta desesperar a la grada de Mestalla, que bramó contra sus defensores. Y, mal hecho, contra Raúl, mejor cuanto más le abucheaban. Convenía no enfurecer a la bestia, que ya es el máximo goleador en las competiciones europeas: 71 dianas.

El Valencia le metió ritmo y ganas de poner la proa desde el primer momento. Emery repitió la idea del último partido liguero en casa, ante el Hércules, de retirar a los extremos, Joaquín y Pablo, a cambio de reforzar el juego interior con el trío de argentinos: Tino Costa, Banega y Domínguez. En el primer cuarto, sin embargo, al Valencia le costó avanzar, demasiado horizontal, sin escalonarse para progresar, absorbidos por la defensa adelantada del Schalke.
En ese lapso, Huntelaar pifió un remate claro ante las barbas de Guaita. Pero todo cambió por una jugada. Aduriz cayó a la banda izquierda y esperó a que lo desdoblara Mathieu, que llegaba como una flecha. El centro del francés lo remató de primeras Soldado, rapidísimo, al primer palo, su sexto tanto en el torneo. Lección aprendida: el conjunto de Emery tenía la obligación de irrumpir en las alas a través de los laterales. Lo entendió Mathieu y también Miguel por la otra orilla.
Animado por la ventaja, el Valencia disfrutó de un rato de fútbol. Apuntalado por las largas piernas de Topal en la medular y sublimado por Domínguez desde la mediapunta. A punto de ser traspasado al Juventus en el mercado invernal, el enganche argentino fue la piedra angular de su equipo en esos instantes que encendieron Mestalla suministrando con precisos pases a los dos delanteros, Aduriz y Soldado, que se escoraban a las bandas y bajaban constantemente a recibir el balón.
Mestalla creía que era el momento de aniquilar al Schalke y bramó el nombre de Tino Costa cuando este se disponía a lanzar una falta desde la frontal. "¡Tino, Tino, Tino!". Tratando de sorprender al meta, Neuer, se le adelantó Domínguez, cuyo disparo se marchó alto. Fue como si ese tiro errado apagara la luz de Domínguez, fundido en el tramo final de la primera parte. Lo aprovechó el Schalke para presionar arriba y mostrar que Raúl, listísimo como toda la vida, estaba ahí para cambiar de rumbo la eliminatoria.
A los 33 años, el que fuera delantero del Madrid todavía está para los pequeños y los grandes detalles, aquí un pase al primer toque, allí una dejada de cabeza o un desmarque. Siempre en beneficio de su equipo. Siempre una amenaza para el rival. Mestalla lo temía y no podía ser de otra manera conociendo los precedentes. Era, de largo, el mejor del conjunto de Magath.
El Schalke repitió una jugada muy estudiada: pase en largo de Neuer, prolongación de cabeza de uno de los dos puntas, Huntelaar, y remate de Raúl con la derecha que repelió Guaita. En la otra área, tanto Soldado como Aduriz eran muy superiores a los centrales germanos: en velocidad, en potencia, en todo. El Valencia lo tenía todo a favor para poner tierra de por medio. Todo menos la frescura del Chori ni la puntería de Aduriz.
La que le sobró a Raúl a la primera ocasión. Al centro raso desde la izquierda de Jurado se adelantó Raúl, claro, birlándole la cartera a Navarro, antes de elegir el palo más alejado de Guaita para marcar. Raúl lo celebró como si hubiese marcado en el Camp Nou, lleno de la furia que ha jalonado su carrera, consciente de que reivindicaba su acierto una vez más ante su público y para la eternidad.
Emery despidió a dos de sus argentinos (flojísimo Banega y desmejorado Domínguez) retornando a los extremos con Joaquín y Vicente. El Valencia se lanzó a un ataque desesperado y anárquico, partiéndose en dos, e invitando a Raúl a hurgar en la herida, como ese pase final a Hao que volvió a salvar Guaita. Tras su recital, Raúl se marchó de Mestalla aplaudiendo al escaso público que quedaba. Había impartido su enésima lección.

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